
Todas las personas sanas sueñan. Aún cuando una buena parte de ellas son completamente incapaces de recordar el “argumento” de sus sueños, todos los humanos utilizan un porcentaje del tiempo que permanecen dormidos para soñar. ¿Por qué soñamos? ¿Qué función cumple este fenómeno? Esa es la pregunta que la humanidad de ha hecho desde el principio de los tiempos. Se han arriesgado interpretaciones de todo tipo, aunque ninguna ha logrado conformar a todo el mundo. Algunas sociedades primitivas -y no pocas modernas- creen que al soñar se tiene contacto con los espíritus o que, de alguna forma mágica, nos serán revelados los números de la lotería. Otros han propuesto que los sueños reflejan traumas o angustias que no somos capaces de expresar conscientemente, cuestiones que nuestro cerebro es incapaz de tratar estando despierto y que enfrenta solamente cuando dormimos. Pero parece que hay un nuevo enfoque.
La función del sueño es ayudarnos a resolver problemas. Si eso es cierto, la evolución nos ha proporcionado un mecanismo capaz de solucionar los enigmas que nos acosan, simplemente durmiendo un rato. Un estudio realizado por la psicóloga de la Universidad de Harvard parte de la premisa de que los sueños son siempre “muy visuales” y contienen una línea argumental cuya naturaleza es casi siempre ilógica.

Para elaborar una teoría que explique la función de los sueños hay que tener en cuenta el camino que el hombre ha seguido durante toda su evolución. Es muy poco probable que un mecanismo que no aportase ninguna ventaja competitiva se haya mantenido durante millones de años, y los sueños no deberían ser una excepción a esta regla. Freud sostenía que la función de los sueños era -en pocas palabras- satisfacer nuestros deseos. Sin embargo, obtener logros en un mundo imaginario, que solo existe mientras dormimos no parece ser muy útil para ayudarnos en el mundo físico.

Otros investigadores creen que los sueños no son otra cosa que un “efecto colateral” de la naturaleza humana, simplemente un ejercicio que permite descansar una parte del cerebro mientras que otras zonas se mantienen activas y se reponen sustancias químicas indispensables, como los neurotransmisores, y lo que soñamos es el equivalente mental de una TV que queda encendida sin señal en su antena.
Pero una psicóloga de la Universidad de Harvard, Deirdre Barret ha pasado los últimos diez años de su vida estudiando los problemas relacionados con el sueño, y documentado numerosos ejemplos de estos fenómenos. Ha diseñado experimentos específicos destinados a comprobar sus teorías. En uno de ellos, les pidió a un grupo de estudiantes universitarios voluntarios que escogiesen un problema y tratasen de resolverlo durante las horas de sueño. Los problemas no eran de índole científica, sino simples preguntas de las que los voluntarios desconocían la respuesta. Los estudiantes se concentraban en el problema cada noche antes de irse a la cama, y después de unas semana, aproximadamente la mitad de ellos habían tenido sueños relacionados con el problema. Aproximadamente uno de cada cuatro tuvo un sueño que contenía la respuesta.
Este resultado probaría que el enfoque alternativo que proporciona la forma de pensamiento que tiene lugar cuando soñamos es efectiva, y que realmente puede ser útil para enfrentar problemas que no podemos resolver durante el día. Barrett, durante sus experimentos, encontró que podían abordarse casi cualquier tipo de problemas, desde acertijos matemáticos hasta problemas relacionados con el arte. Pero casi siempre, lo que mejor podía resolverse en sueños eran problemas que obligan a las personas a visualizar algo en su mente, tal como ocurre generalmente cuando un inventor está imaginando un nuevo dispositivo.
¿Tienes algún problema? Sueña.










